Chasing Almacigas

I'm Camino Mortera, and I think and write on the EU, internal security, migration, counter-terrorism, Sundays in Berlin, yellow skirts and blue skies. In English, Spanish and (sometimes), French

Category Archives: Everything personal that has nothing to do with what I do for a living but I hope makes a nice read (in ES)

Tres tristes domingos en Oviedo

Vi una foto de una actriz conocida, con los labios muy pintados y una peluca rubio platino y, no se por qué, me acordé de todos esos domingos tristes. La actriz no tendrá ni 25 años pero podría ser cualquiera de aquellas chicas Almodóvar, o Médem, o Coixet (en los últimos años) que me miraban desde las páginas tristes de la revista dominical de un periódico de provincias. Las que siempre contaban, con sus cejas mínimas y sus chaquetas rectas, cómo la suerte, o el azar, o la inspiración divina, las habían catapultado al éxito y la fama. Y se olvidaban, como sin querer, de recordar la cantidad de mierda que se habrían tenido que tragar por el camino, los momentos de incertidumbre y soledad, las dudas, el esfuerzo, los sueños que no se cumplieron. Así crecíamos los niños de provincias, llenando los domingos tristes con historias de revistas que siempre hablaban de gente que vivía en Barcelona y tenía casas de diseño. Esos otros mundos donde todo era más fácil y bonito y donde todas las actrices conseguían, al menos una vez en su vida, el papel principal. Creo que en todos los años que vinieron después, los domingos nunca han sido tan tristes como aquellos tristes domingos en Oviedo. Nunca supe si era la ciudad o era yo, el sol de las cinco de la tarde entrando por la ventana y nada mejor que hacer que leer aquella revista y soñar, leer un libro y volar, ver una película y volver a empezar, pero aquellos domingos sabían siempre a fin de era, a melancolía mal entendida y amargura prematura. El domingo era de todas formas el día que seguía al sábado noche y su programa de cine, y cualquier cosa que viniera después de eso tenía que estar forzosamente mal. Yo siempre quise que algún periodista con nombre catalán escribiera sobre aquella mañana que cambió mi vida y cómo de importante era que el lector se quedara con mi cara, porque “iba a dar mucho que hablar”. Yo soñaba con salir en aquel programa de radio, que mi última película fuera diseccionada por Teófilo el Necrófilo y María Guerra. Pensaba que así, los domingos nunca más serían tristes, porque, al fin y al cabo, uno de cada dos domingos habría una entrega de premios en algún lugar del mundo y bebería champán y todo el mundo me diría lo divina  que era. Quince años después, todo eso no ha pasado pero he conseguido ganarle el pulso a los domingos. Qué importa que lo haya hecho a base de gintonics y cervezas, el caso es que los domingos ya no tienen ese poso de amargura y de revista de finales de los 90. Hasta que llega esa actriz tan guapa en su foto tan retro y lo jode.

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Por si a alguien le apetece escribirme una canción

Sería tan guay si me escribieras una canción…sería tan bonito, como eso de sentirse fuera de todo y al mismo tiempo tan dentro, como ser la heroína de una historia en la que, sí, por fin, sólo quepo yo. La protagonista, con los labios pintados de rojo y sin despeinarse, porque, oh, no, yo nunca me despeino, si te descuidas, yo nunca digo un ‘pero’ de más. Porque así soy, una heroína de canciones y cuentos de las que sólo has oído hablar en la radio y en los anuncios de El Corte Inglés. De esas que nunca tienen miedo, que nunca dudan porque al final, lo único que importan son sus rizos de photocall, de primera línea de foto de primer plano y picado después de portada de revista de prima donna en tus sueños de foto de carné con esa belleza desnuda y de puñal de todas esas chicas que admiras al pasar pero que no. Que no son las musas de tus canciones porque al final, todos mentís al decir que sin maquillaje estamos aún mejor pero yo no conozco diva no conozco musa que no haya sucumbido a un pintalabios Chanel número qué sé yo y a unos Louboutin modelo no sé cuántos. Me gustaría tanto, así y aquí, con este frío y la nieve,  y ningún pintalabios, y por supuesto ningún Louboutin, que me escribieras esa canción que siempre se te ha resistido, en la que yo soy ésa que huye, la etérea y la actriz, la que nunca dirá sí pero tampoco nunca jamás, en la que somos dos aventureros perdidos quién sabe dónde, en la que yo, y sólo yo, por más cotidiana que sea, soy tu única inspiración, tu tortura, tu negro sobre blanco cuando vuelves a casa después de un par de copas de más. Así, desde lejos, y en lo gris, en lo blanco de una ciudad de techos empinados y adoquines grises, así, que me eches de menos con una guitarra y unas notas, y un roncola, y un lápiz, o lo que quieras, pero así, escribiendo una canción con aire triste, para mí, lánguida presencia en el sofá. Que es tan mentira como los acordes perdidos alba en esta isla que no es mía pero que con alma de bucanero echo de menos incluso antes de partir. Sería (incluso) tan bonito que me escribieras esa canción…

Seamos justos (15-Mil razones para estar Indignados)

Seamos justos. Yo, como ente ególatra y dueña y señora de este espacio virtual, no me fui de España por falta de trabajo. Me fui porque creía en que esa cosa que se llama Unión Europea era uno de los proyectos más interesantes de las últimas décadas. Seamos justos. Una vez dentro de eso que se llama Unión Europea, una, dueña y señora de este espacio, allá cuando las cosas nos iban bien, podía haber elegido una serie de caminos (de yos) mucho más lucrativos que los que siguió más adelante, pero esta señora decidió que lo de ser abogada comunitaria (eso existe?), oiga usted, mire usted, no íba a ser lo suyo, y malgastó, como una niña mimada, los años de bonanza persiguiendo no se sabe muy bien el qué. Pero sigamos siendo justos. Esta Princesa, forjada a base de colchones en el suelo y kartoffel, y pommes de terre, tomaba como referentes a todos aquellos europeos, de los de verdad, que se cruzaron en su camino. La Princesa, que muchas veces ha estado triste, no se conformaba con trabajos de 600 (o nigún) euros al mes, con horarios de esclavos, con menos una perspectiva de futuro cuando sus colegas, a esos a los que tanto admiramos (yo los llamo alemanes, británicos, luxemburgueses, holandeses, belgas, pero…you name it) no llegaban ni siquiera a plantearse trabajar por menos de aquello para lo que habían estudiado. Y esa fue la revolución de la Princesa, de la que todo lo que sacó fue una indignación creciente ante una clase política a la que no se le exige nada más que mucho tiempo libre y estómago que gastar en (des)gastarse las suelas en peregrinación partidista, y un guisante que poner en el suelo, debajo del consabido, y anteriormente mencionado, colchón.

Y sigamos siendo justos. Ahora que la Princesa se ha hecho (un poco) mayor, y la UE le plantea más dudas que pasiones, y una serie de cosas muy poco regias empiezan a preocuparle, como eso de tener un lugar donde dejar sus libros (y sus pintauñas, que la Princesa también es presumida), o empezar a cotizar, o definir una casa a la que poder volver después de las enésimas vacaciones (le puedes llamar paro, peu importe) forzadas, a su Alteza, como bien proclama, le gustaría tener  ya no una casa, tan sólo un país al que poder volver.

Por eso esta Princesa sigue teniendo millones de razones por las que indignarse cada día. Ha intentado reducirlas a 15-Mil y parece que funciona, pero aún  así, presa de ‘su futuro’, no puede dejar el Palacio para unirse a las concentraciones que sacuden el reino estos días.

Por eso, la Princesa, osea yo, reza cada noche al Dios Sol para que no se apague y siga luchando por todos aquellos cuyas voces siguen sin ser escuchadas, porque, fruto de la invisibilidad que nos otorga ser Leyendas Urbanas, o de la alegría que transmitimos vía ese NO-DO que es ‘Españoles por el mundo’ parece que no tenemos problemas: pues resulta que los tenemos, que muchos deberíamos haber engrosado las listas del paro mucho tiempo mientras nos buscábamos la vida allende los mares (o Pirineos), que el hecho de habernos ido y ser esos ‘Otros que Inspiran’ que dicen algunos, no impide que nos duelan nuestros países y regiones, y que no queramos volver, hoy, mañana o nunca, a cambiar las cosas.

Seamos realistas, y pidamos lo posible. Lo posible, en un mundo capitalista, no es la desaparición, o el no rescate de los bancos, es un endurecimiento de los controles públicos sobre el sistema financiero, y un diálogo de tú a tú en el que ‘Los Mercados’ (que también son personas) no sean más fuertes que los Estados, y desde luego, que las entidades supranacionales.

Lo posible no es un refuerzo del Senado, si no una redefinición, racional y de acorde con los tiempos, de ese ente sui generis que llamamos Estado de las Autonomías, y la desaparición de la duplicación de gasto que supone nuestro ‘innovador’ sistema autonómico.

Lo posible es darnos cuenta de que la única manera de salir de la ‘estagnación’ es un crecimiento continuado, que no será posible hasta que el Estado no fomente la Innovación y el Desarrollo, proteja a los autónomos y promueva la mobilidad laboral.

Lo posible es una reforma del sector público, del acceso a la función pública y del sistema de designación de cargos políticos. Lo posible es reclamar un cambio en nuestro Derecho Administrativo, anclado en el Siglo XIX, para que generaciones de jóvenes dejen de estar paralizadas durante décadas estudiando unas oposiciones que poco tienen  que ver con ser eficiente o útil para el Estado.

Ahora bien, todo esto pasa por una reforma y limpieza absoluta de nuestra clase política: sin corrupción, el acceso a la función pública se flexibilizaría, atrayendo a los mejores para los puestos claves. Sin amiguismo, ganaríamos en proyección internacional y eficacia económica, librándonos de lastres políticos como aquellos Ministros cuyos nombres todos conocemos que no suponen más que una vergüenza para el país. Con listas abiertas, la disciplina de partido, origen de muchos de los males políticos de este país, podría flexibilizarse, y, a lo mejor, nuestros representantes se darían cuenta de que no les hemos puesto ahí para su deleite y enriquecimiento personal, si no para, oh, pardiez, que nos re-pre-sen-ten.

Por todo esto, mis 15-Mil razones para estar indignada me hacen apoyar el consenso de mínimos de sol. Si tú también eres un universitario sobrecualificado gobernado por gente que, como decía aquel, llegó al Congreso sin saber hacer la O con un canuto, seguro que me entiendes.

Desde hace una semana, en mi casa, esté donde esté, siempre brilla el Sol.

Leyendas Urbanas (y otras cosas con rayas)

Le pido a G. que me mande música de la suya a estas latitudes heladas y oscuras. Y G., diligente, me recomienda niñas que lloran por cosas que nos pasan a todos, pero que lloran bien, y bonito. Ellas, y todos los contactos con la realidad virtual que se escapa de mi Bur-Bruja, me recuerdan que la vida no se acaba en esta habitación, por muy grande y bonita que sea, y por mucho que algunos se empeñen en llamarla Unión (Europea). Me recuerdan que crecí, y viví, y Anweisung (Lieben) en una ciudad pequeña y segura donde todo el mundo llevaba flequillos y las gafas de pasta eran un síntoma de la inteligencia de pro. La burguesía y los políticos y la niebla y los portales. Hay muchas cosas que me han hecho ser quien soy, aunque la élite se empeñe en construirme nuevos yos. Y sólo antesdeayer, corriendo bajo la nieve por los canales de este cuento de hadas, cerrando los ojos, y respirando muy fuerte, era tan fácil pensar que la vida, era tan fácil pensar que había

una vida más allá de París, llámese un pueblo con mar, una noche, a mi siempre me hubiera gustado vivir en una de esas casitas en las laderas de los montes de Lastres, a mí siempre me hubiera gustado respirar y dejar respirar en la Albania del Norte que tan poco aire nos da.

Pero nos marchamos, y nos duele, y cogemos los caballos y los carros cada vez que queremos volver a casa, para atravesar las montañas que no ha podidon vencer Ryanair, Easyjet,  Esos bárbaros que quieren destruir nuestras tradiciones y violar a nuestras mujeres. Ya lo decía Pelayo, y ya lo dice Melendi, subámonos a un puente y tirémosle piedras al invasor.

Aunque el invasor seamos ahora nosotros, que volvemos, y contamos, y señalamos aviones desde el Faro Vidio como si (ya) fuéramos pequeños, porque lo que yo siempre quise ser cuando fuera pequeña era feliz. Y de momento, siempre, y todavía, sigo siendo pequeña y me hacen falta luz, cosas verdes y de vez en cuando tú (llámate como quieras, yo prefiero Albania).

Tu me manques. Que en francés quiere decir te echo de menos, y en asturiano me haces daño.

Silogismos lingüísticos de la era global.

0pciones de una niña estándar de la España estándar de los estándar 80

Cuando éramos pequeñas, uno de los juegos de comba más populares decía algo así como “Quisiera saber mi profesión, soltera, casada, viuda, monja, enamorada, embaraza, divorciada”. La mecánica era simple: se repetía la cancioncilla hasta que una fallaba y ese mágico momento decidía el futuro de las niñas de la España estándar de los ochenta. Ahora que somos grandes, veamos cuáles son nuestras posibilidades laborales y sus respectivas opciones remuneratorias:

–          Soltera: en este caso, supongo que la manutención correría a cargo de mis padres. También supongo que, llegada una edad, mis santos progenitores estarían deseosos de cambiarme por un par de camellos-vacas- y de que me fuera a vivir a la choza-hórreo- de un ser superior de sexo masculino, con algún cargo de importancia en la tribu. Como mis padres no tienen camellos-vacas- ni conozco a ser superior alguno de sexo masculino-con o sin hórreo- esta opción queda descartada.

–          Casada: si consiguiera deshacerme de mis gatos y que alguien se aviniese a firmar un papel jurándome amor e hipotecas eternas, mi vida estaría más o menos solucionada: me daría al arte de eso que hemos hecho tan bien las mujeres durante la historia que es vivir de nuestros maridos. Problema: qué pasa cuando mi sagrado cónyuge es un mileurista con un alquiler de 567 Euros/mes más gastos, un coche y una Play que mantener…¿de dónde iba a sacar el pobre el dinero para mis caprichos, mi ropa, mis caféses con las amigas y todas esas cosas que se asumen pagadas en una relación mantenimiento por sexo y comida caliente? No, no, que la cosa está muy mal. Esto también lo descarto.

–          Viuda: aquí la cosa pinta mejor. Se asume que si eres viuda, lo serás de algún viejo rico que haya puesto sus ojos y sus cuentas bancarias en ti, así que en principio mis caprichos, mi ropa y mis caféses con las amigas estarían asegurados. Y además, sin el sexo y la comida caliente. Pero yo no quiero quedarme viuda tan joven, que el negro no me queda demasiado bien y nunca me han gustado los entierros ni los hijos ajenos. Sigamos, pues.

–          Monja: esta es fácil; a cambio de unos votos de nada, toda la vida asegurada a costa de la Iglesia, que, como Hacienda, somos todos. Sin embargo, las toquillas tampoco me han sentado nunca demasiado bien, y no sé tocar la guitarra. Enamorada, entonces?

–          Enamorada: si es un amor de esos en los que se te olvida comer, dormir, el calcetín del pie derecho y dónde has dejado las gafas, entonces sí. Si, como Bécquer, me dejo languidecer de pasión no correspondida, mi maintenance level sería bastante bajo. O si no, siempre puedo alimentarme de oscuras golondrinas. No me gustan los pájaros, y menos sin sal, así que pasemos a la siguiente opción

–          Embarazada: esto sí que es una idea cojonuda: hago las maletas y me voy a Berlín a vivir del Kidergeld de manera indefinida. Aunque me acosa la duda de saber cuántos embarazos puede una soportar sin dañar su espléndida figura y de dónde voy a sacar las vacas para asegurarle a mis hijas el futuro laboral.

–          Divorciada. Veáse “viuda”, pero con un atuendo mucho más colorista. Aunque claro, previamente, veáse también “soltera”, “casada”, “enamorada (¿)” y, dependiendo de la dosis, “embarazada”. Demasiados estados previos. Mejor me hago monje trapista belga y me doy a la bebida y al embutido.

Mamá, no sé qué hacer con mi vida.

Eme

Cuando tù naciste yo movía cajas en Bruselas y había empezado a dejar de creer en toda la África que no fuera Afric, o Canarias. Hacía calor, estábamos cansados, sabíamos muy poco del futuro y lo combatíamos bebiendo en la calle. Leer el periódico se había convertido en un ejercicio diario de agonía y Espanya se mantenía precariaremente sobre sus pies. Volvían a jodernos un mundial, los porteros, los árbitros, el destino o los Príncipes de Asturias. Qué más da, si al final siempre perdemos (see below). Yo particularmente tenía bastante miedo, pero eso no era raro en los tiempos  y las personalidades que nos habían tocado. Había un grupo que cantaba « el valor para marcharse, el miedo a llegar », y yo me marchaba y llegaba de nuevo, como en un ciclo infinito en el que todo eran comienzos y finales con relativa solución de continuidad. Me preocupaban cosas tan sublimes como la pérdida de referentes femeninos y el precio de la cerveza. A veces erámos indecentemente felices, otras desconsoladamente desgraciados. Y solíamos estar muy solos, nos costaba mirar a los ojos. Era como la crisis sin fin, que se repetía una y otra vez y que nos habíamos traido en la mochila desde latitudes más septentrionales, o un Junio, Berlín, parte II. De cada diez extranjeros, ocho amaban Espanya incondicional y ciegamente y los otros cuatro eran el economist  y el fainansial taimes, y colegas. Ser espanyol se había convertido para mí en una incertidumbre más que en una nacionalidad y tu DNI te declaraba parte del grueso del batallón de los perdidos desde ese nueve de Junio. Tu hada madrina no sabía bien qué pensar de tu ingreso en la nación de Belén Esteban pero se prometió que nunca te faltaría chocolate. Tomátelo como quieras, ahora ya eres mayor. Cuando tú naciste yo lloraba en Bruselas de emoción y alegría y de la pena del desterrado y de la rabia que me daba no poder ver tu cara de madrilenyo de pro. Y como mamá, nunca seré artista, y no escribiré veinte poemas de amor ni una canción de cuna desesperada, te mando unas líneas virtuales para que sigas acordándote de mí.

Círculos viciosos y quejas comunes

Como ya desde que era pequeña tengo esa increíble habilidad para meterme en los fregaos más extraños y peor remunerados del mundo, el otro día me decía mi jefe, que no es mi jefe, en mi trabajo, que no es un trabajo, que perseguir los sueños de uno tenía mucho más de maduro que de infantil. Se basa el buen hombre (que a su vez tiene lo suyo de fregaos extraños y poco lucrativos), en que dejarse llevar por lo que la vida te pone delante es mucho más fácil que luchar por lo que uno realmente quiere. I.e., la madurez se demuestra luchando. Pero claro, luchar no le paga a uno el alquiler, a no ser que sea uno cubano y se llame Fidel, en cuyo caso puede uno vivir de las rentas de las luchas pasadas y vender camisetas con la cara del Ché. Y ahí llega el punto en el que te cansas de comer arroz y pasta, y beber leche del Colroyt, y zumo de naranja concentrado y fumar tabaco de liar, que ya sabemos todos que es mucho más cool pero a mí me da por el culo, qué quieren que les diga, y pensar cómo coño vas a pagar el alquiler el mes que viene y tantos lugares comunes de la generación más preparada de la historia. Y entonces llegan los malos, y te ofrecen un contrato de mierda (o no), por prestarles tu tiempo 5/7, 9/24, y tu energía probablemente mucho más, y tu madre te pregunta qué pasa, que nunca vas a dejar de comer arroz, y pasta, y beber leche del Coloroyt y zumo de naranja concentrado para convertirte en UNA PERSONA NORMAL?. Entonces tú, o yo, te das cuenta de que nunca has querido ser una persona normal, pero te levantas por la mañana, te pones un vestido de oficinista joven, pero competente, y te vas a una entrevista cruzando los dedos para que alguien te de luz verde para pasar a formar parte de la gente normal, pero extraordinaria-en su casa- No me puedo quitar de la cabeza eso de que es absurdo trabajar en algo que a uno no le guste para poder pagarse todo tipo de cosas que le ayudarán a uno a olvidarse de que trabaja en algo que a uno no le gusta. Es el círculo vicioso más estúpido y más cierto de la historia reciente.

Los nuevos esclavos y la gente lista

Últimamente me paso el día hablando de trabajo, de la crisis, de política, de Lady Ashton y Solana, como referentes de la cultura pop-bruselas de estos, vuestros aburridos jóvenes burócratas. También hablo de lo mal que están las cosas, chica, y a veces de hipotecas y bodas, y niños y perros ajenos. Será por esto de que nos hacemos mayores, y todos tenemos un trabajo al que ir el lunes por la mañana (todos, no, un puñado de indestructibles parados resiste en la pequeña aldea de Bruselorum), y nos preocupan las facturas, nuestras carreras y la vida de Belén Esteban. Pero como decía no sé quién, siempre habrá alguien más delgada y más rica que una, y por supuesto siempre habrá alguien más listo, como Elvira Lindo o David Rennie (que es más listo que nadie). Así que, dejando que los mejores de la clase expresen las ideas que una tiene pero de forma mucho más clarividente, os invito a leer este artículo de un señor (probablemente chico) del que no había oido hablar en mi vida, pero que pasa a formar parte de mi olimpo particular de gente lista:

BORJA VILASECA Carreras & capital humano

Explotación remunerada

BORJA VILASECA  14/03/2010

 “Nadie es más esclavo que quien falsamente cree ser libre” (Johann W. Goethe)

En consultoras, auditoras y despachos de abogados, los jóvenes trabajan de sol a sol, aunque su contrato estipule otra cosa

Cuando los ejecutivos escalan a la cima de la organización reproducen las prácticas nocivas que vivieron anteriormente

 

Para millones de españoles hoy es un día triste: mañana vuelve a ser lunes. A primera hora sonará el despertador y se levantarán de la cama a regañadientes para ir a trabajar, entrando en una rueda de la que no saldrán hasta el viernes por la tarde. Y dado que las empresas siguen creyendo que la “gestión tóxica” de sus colaboradores es la más eficiente para multiplicar sus tasas anuales de crecimiento y lucro, para muchos la palabra “trabajo” sigue siendo sinónimo de “obligación”, “monotonía”, “cansancio”, “aburrimiento” y “estrés”.

De hecho, la gran mayoría de la población activa española trabaja porque no le queda más remedio. Es una simple cuestión de supervivencia económica. Por medio del control del capital, que se traduce en el pago de salarios a finales de cada mes, las empresas se han convertido en las instituciones predominantes de nuestra era. No sólo condicionan y limitan nuestro estilo de vida, sino que son dueñas de nuestro tiempo y de nuestra energía. Incluso hay quien dice que la esclavitud y la explotación no se han abolido. Tan sólo se han puesto en nómina.

Como consecuencia de este contexto socioeconómico, cada vez más trabajadores detestan su empresa, no soportan a su jefe y odian su profesión. Lo cierto es que muchos están dejando de creer en la felicidad. Basta con ver la cara de la gente por las mañanas en los vagones del metro o en los atascos de tráfico. Algunos sociólogos afirman que padecemos una epidemia de “falta de sentido”, lo que a su vez está ocasionando una enfermedad psicológica, más conocida como “vacío existencial”. Debido a esta saturación de insatisfacción colectiva ya hay quien nos define como “la sociedad del malestar”.

Esta situación es especialmente alarmante en el ámbito de la consultoría, la auditoría y los grandes despachos de abogados. Lo curioso es que se trata de sectores donde, en general, los profesionales han tenido la oportunidad de estudiar en la universidad y de cursar un MBA en alguna escuela de negocios. Y no sólo eso. A diferencia de la mayoría, los jóvenes de entre 22 y 30 años de edad que ahora mismo pueblan los despachos de estas corporaciones han gozado del privilegio de elegir su carrera profesional.

A pesar de trabajar en conocidos edificios de oficinas y de vestir elegantes trajes y corbatas, son sectores profesionales donde la explotación está a la orden del día. En el contrato laboral de estos jóvenes ejecutivos se estipula que el horario es de nueve de la mañana a siete de la tarde, pero normalmente hay tanto por hacer que nadie se marcha antes de las nueve de la noche. En algunos casos, la jornada se alarga hasta las dos de la madrugada. Con el tiempo, muchos se acostumbran, como si no tuvieran alternativa.

Cuando las puntas de trabajo disminuyen, tan sólo los empleados más valientes se atreven a salir a su hora, siendo demonizados por sus jefes y ganándose, además, la desaprobación de alguno de sus compañeros. De ahí que prevalezca el calentar la silla, que consiste en quedarse sentado delante del ordenador haciendo ver que se trabaja hasta que empieza a irse todo el mundo a casa. Como antídoto contra el aburrimiento, muchos navegan y chatean durante esas horas muertas por las redes sociales, entre las que destaca Facebook. Están de cuerpo presente, pero de mente y corazón ausentes.

Otro rasgo en común de este ámbito laboral es la falta de ilusión, de motivación e incluso de interés por el trabajo que se desempeña a lo largo del día. Muchos profesionales reconocen que no saben cuál es su función ni su cometido, y otros, debido al cansancio acumulado, van literalmente arrastrándose por los pasillos. En general, muy pocos creen en lo que hacen. Pero siguen fichando cada lunes. Dado que no han descubierto cuál es su propósito existencial ni su vocación profesional, terminan atrapados en las mazmorras del conformismo y la resignación. No les gusta lo que hacen, pero tampoco tienen ni idea de lo que les gustaría hacer. Y esta falta de dirección y de sentido los mantiene anclados en el malestar.

Eso sí, desde fuera, su profesión es valorada, reconocida y respetada por la sociedad. Sin embargo, esta percepción social no tiene nada que ver con la realidad. Estos jóvenes ejecutivos malviven presos en jaulas de oro. Al no cuestionar su situación, ni atreverse a seguir su propio camino en la vida, son víctimas y verdugos de sí mismos, de sus miedos e inseguridades. Y mientras tanto, en los despachos de arriba, donde habitan los altos directivos que los controlan, hace tiempo que se les bautizó perversamente como “tontos útiles”.

Por un sueldo medio de entre 1.100 y 1.800 euros al mes -una miseria en relación con lo que sus empresas cobran a los clientes por sus servicios-, estos jóvenes entregan literalmente su vida a la corporación que representan. Algunos llevan quemados tanto tiempo, que terminan causando baja por depresión, abandonando este tipo de organizaciones por la puerta de atrás. Pero muchos se quedan toda la vida, subiendo un escalón tras otro por una escalera que creen que les conducirá al éxito y, en consecuencia, a la felicidad. Sin embargo, por el camino se pierden a sí mismos.

Desconectados de los valores que nos hacen verdaderamente humanos, finalmente llegan hasta la cima, donde son nombrados socios y remunerados con abultados sueldos. Y desde su nueva posición de poder imponen las mismas nocivas condiciones laborales a sus colaboradores, reproduciendo una cultura organizacional tan destructiva como carente de sentido. Para estos ejecutivos mañana todo volverá a comenzar. Y muchos de ellos, nada más reencontrarse en la oficina, se saludarán de forma breve, pero elocuente:

-¿Cómo estás?

-De lunes. ¿Y tú?

-Con ganas de que llegue ya el viernes.

Se que no te caigo bien, B. Tu a mi tampoco

En Bruselas, cuando las cosas parece que empiezan a ir bien, o que no pueden ir peor, empeoran. Bruselas es el paradigma de la Ley de Murphy, y de aquella frase de colgar en las paredes “Hoy hace un dia precioso. Seguro que viene alguien y lo jode”. Hacia una vida preciosa. 27 anyos menos 7 meses de vida preciosa (o mas o menos).

Y del enfado, la tristeza y el miedo natural que provocan las diferentes situaciones mas o menos graves que he vivido en los ultimos meses solo saco una conclusion: este pais, esta ciudad, no esta preparada para albergar a la UE. A no ser que seas belga y te la sude todo, con perdon. En ese caso, bienvenue chez vous.

Lo que yo me pregunto es como sobreviven los alemanes y demas pueblos civilizados en esta ciudad sucia, oscura, pseudobohemia, solitaria y anda! ahora resulta que peligrosa.

Que me perdonen las futuras yos por este post de rabia contenida y enfado y tristeza desproporcionado, pero senyores, hace 4 dias que no puedo salir sola a la calle. Y lo que nos queda por superar. Y la perspectiva de otra mudanza, la tercera en menos de 4 meses. Venga ya, si eso no es como para ratificar la demanda por malos tratos a la putisima ciudad de las coles que baje Herman Van Rompoy y lo vea.

Anweisung: Leben

A raiz de una batalla interna, una conversacion en un bar muy cutre, mi primera vez sola (en un cine), 4 horas de suenyo, una comida de navidad, 2 limoncelos, una capa de nieve y “me quedan 4 dias aqui”, un par de reflexiones:

No one’s got it all

I’m the hero of the story, I don’t need to be saved

A raiz de las reflexiones extraidas de una cancion de Regina Spektor, dos autosugerencias

asume

declara

y de paso, recuerdate bien alto que las instrucciones para vivir (feliz. Juas) se resumen en los grafitis de las paredes de enfrente de tu casa y en las canciones que no te gustan y en los poemas que nunca vas a leer.

Anweisung Leben y cierra el circulo.